Relatos

Le grand plan

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Vistas de los techos de París, Van Gogh

Chantelle se despierta aturdida, ¿qué hora es? El reloj de la mesita de noche marca las seis. ¿De la mañana? No, ¡de la tarde! De un salto se pone en pie y corre a la cocina dispuesta a llevar a cabo su plan. La compra sigue tal y como la dejó al volver, dentro de las bolsas sobre la encimera. Eran las cuatro y estaba demasiado cansada como para guardarla. Mira el móvil para comprobar la hora a la que él vendrá. Tiene un nuevo mensaje. Parece que Pierre se retrasará media hora. Bien, eso le dará una tregua.

Chantelle enciende la radio y se contonea a ritmo de salsa y merengue por la cocina, mientras coloca la fruta en el frigorífico, las galletas en la pequeña despensa y dispone todo lo necesario “Pour le Grand Plan”. La situación es de lo más variopinta, pero ella parece sentirse a gusto. Una venezolana afincada en París, bailando a ritmo latino mientras prepara un delicioso Gâteau au chocolat et noix para su amante francés. Nada puede arrebatarle la ilusión y las ganas de hacer ese pastel, ni siquiera el cansancio del trabajo. Mientras cocina, le vienen a la mente imágenes de su vida, como si de un tráiler de una película se tratara.

Primero su infancia en Venezuela, el olor a mar entremezclado con el de las especias de la cocina de su abuela, las tardes en el patio de su casa haciendo los deberes, las cenas interminables con amigos de sus padres y los hijos de éstos, en las que la comida estaba rica de verdad y una podía hincharse la tripa porque nunca faltaba, si acaso, sobraba. Y el baile, quizás lo que más añoraba, porque hacía años que no compartía una bachata con alguien. En radio latina, justo ponen Propuesta Indecente de Romeo Santos. Sube el volumen y mueve las caderas mientras remueve el chocolate para que espese. Es una suerte que pueda escuchar esa emisora desde París. Recuerda su llegada a esta ciudad. Fue en su adolescencia cuando a su padre, reputado cirujano venezolano, le ofrecieron ser director de una clínica médica parisina. Sus hermanos mayores se quedaron en Venezuela, pero ella y su madre le acompañaron en su nueva aventura. La adaptación fue dura: tuvo que aprender francés, adaptarse al frío, comportarse como sus compañeros de clase y aprender a vivir sin ver el mar.

La masa del pastel está prácticamente lista para hornear. Chantelle comprueba la temperatura del horno, aún le falta un poco para calentarse del todo. Se chupa los dedos manchados de chocolate y sigue bailando. A través de la ventana observa el atardecer primaveral, limpio y despejado. Un sol que se resiste a esconderse y que, a cada día que pasa, permanece en el cielo un poquito más. Y la torre Eiffel a lo lejos, ese majestuoso monumento cuya envergadura brilla, reluciente a la luz del crepúsculo. Compró ese apartamento porque podía verla cuantas veces quisiera. Aunque ya llevaba varios años en París, la primera vez que subió fue cuando era estudiante en la universidad. Chantelle se había matriculado en la carrera de derecho internacional y en el primer semestre, algunos profesores habían organizado una visita cultural a la Torre Eiffel. Ninguno de sus compañeros se sorprendió tanto como ella, que desde cualquier perspectiva, miraba embelesada arriba y abajo, tratando de asimilar lo que la vista le transmitía al cerebro. Los años de universidad fueron los mejores. Aprobaba los exámenes sin dificultad, salía de fiesta y empezaba a sentirse afrancesada. Después vino el trabajo en un buffet de abogados, el estrés de tener que llevar varios casos a la vez amoldándose a las legislaciones de países diferentes, tener que hacer horas y horas extra… Ya llevaba más de cinco años trabajando para la misma empresa y como a todo en esta vida, se había adaptado a sustituir el sueño por las obligaciones. Pero hoy iba a hacer una excepción. Nada de preocupaciones ni pensar en el mañana. Ésta iba a ser su noche junto a Pierre, el hombre que le había arrebatado el corazón.

Chantelle se sienta en la mesa de la cocina a esperar a que la tarta se hornee. Se sirve una copa de vino y empieza a rememorar sus primeros encuentros amorosos. Se habían conocido hace un año, en la cena de conmemoración del 25 aniversario del buffet.  Inconscientemente, a Chantelle se le dibuja una sonrisa en la cara al recordar cómo se miraban. Durante toda la noche, trataron de arrimarse poco a poco. Disimuladamente se servían los mismos canapés, participaban en los mismos círculos de conversación y se quedaban muy próximos en una esquina cuando la gente se animaba a bailar. “Apuesto a que usted sabe bailar muy bien” le dijo Pierre casi al oído. Y ella se ruborizó tanto que sus mejillas parecieron guirnaldas de navidad. Siguieron hablando durante toda la velada, tratándose de usted primero y luego de tú. Pierre se ofreció a acercarla a su casa en coche. Se intercambiaron los números de teléfono, se dieron un beso en la mejilla y acordaron ponerse en contacto pronto. Y así fue. A los dos días, Chantelle recibió una llamada de Pierre invitándola a comer en un restaurante italiano. A éste le sucedieron más encuentros, los primeros besos, las caricias e interminables noches juntos…

El tintín del horno devuelve a la realidad a una Chantelle ensimismada que, acto seguido, enfunda sus delicadas manos en manoplas de cocina y, con sumo cuidado, extrae del horno la bandeja ardiendo. El olor le hace salivar y apenas puede contener las ganas de cortar el bizcocho y saborearlo… pero no, debe esperar, estará más delicioso en compañía de Pierre. Lo coloca en una bandeja de porcelana, perteneciente a la cubertería más cara que tiene en su apartamento, y lo cubre con un paño. Vuelve a contemplar el reloj, son ya las ocho de la tarde, en media hora dará comienzo el festín. Chantelle reflexiona ahora sobre el paso del tiempo. Le resulta curioso cómo según la situación, un minuto puede ser tan corto como un milisegundo o tan largo como una hora. Ahora que ella está nerviosa e impaciente, tiene la sensación de que el reloj se burla de ella pues a pesar de que el segundero de vueltas a la circunferencia, la aguja larga no parece inmutarse. Hace un rato que el Sol se escondió y las farolas iluminan las calles como si fueran el reflejo de las estrellas del firmamento. Chantelle presta especial atención al panorama, deseando ver en breves momentos el coche de Pierre aparcando frente al apartamento. Se obliga a no mirar el reloj, pero pasados unos minutos ya no puede más, voltea la cabeza y, para su sorpresa, siguen siendo las ocho de la tarde. “Debe haberse estropeado”, se dice a sí misma mientras se acerca al rincón donde está colgado para cogerlo y dejarlo bocabajo sobre la mesa. Ya lo arreglará más tarde.

Sencillamente, no pueden ser las ocho de la tarde porque la negrura que hay afuera es más propia de las nueve o las diez que de las ocho. No es que se considerara una experta en meteorología, pero llevaba los suficientes años viviendo en aquella ciudad como para saber cuándo el cielo perdía sus colores y su brillo en primavera. Chantelle presiona el botón central de su móvil para confirmar el retraso de Pierre y casi se le sale del pecho el corazón. En la pantalla, amenazadores, aparecen los dígitos 20:00 lo que significa que son las ocho de la tarde. Chantelle comprueba la conexión a internet, deseando que se trate de un fallo… “calidad excelente”. Suspira, se siente más confusa que nunca. Le gustaría llamar a Pierre pero, en caso de que sean verdaderamente las ocho, seguramente estaría reunido, además ¿qué iba a decirle? ¿que ya debería estar en casa porque son más de las ocho y media aunque los relojes digan lo contrario? Absurdo.

Convencida de que se está volviendo paranoica, Chantelle decide que lo más conveniente es salir a dar una vuelta y olvidarse de este asunto meramente anecdótico. “Probablemente sea por la excesiva carga de trabajo. Debería tomarme unas vacaciones, mañana se lo diré a mi jefe”, se dice a sí misma. Al poco de echar a andar por su barrio una duda existencial interrumpe en sus pensamientos… ¿y si mañana nunca llega? Chantelle experimenta una terrible presión en el pecho y, al borde de un ataque de pánico, detiene al primer transeúnte que se cruza en su camino para preguntarle la hora.

–          Monsieur, s’il vous plaît est très important … quelle heure est-il?

–          Huit heure, madame – contesta el hombre contrariado, quien se asusta aún más al ver la expresión de disgusto de Chantelle.

–          N´est pas possible… – contesta ensimismada, al borde del llanto.

El hombre la esquiva dándole unas palmaditas en el hombro por aquello que sea que entristece tanto a esa joven de rasgos latinos.Con la mente en blanco, atónita aún por la respuesta de aquél desconocido, Chantelle vaga por las calles de París. Pasea solitaria al lado de la orilla del Sena, tiene la sensación de que cada vez hace más frío, aunque el tiempo parece haberse quedado congelado en las ocho de la tarde. No sabe cuánto ha caminado, pero Pierre ya debería haberla llamado, deberían estar disfrutando del pastel que con tanta ilusión cocinó hace unas horas, viendo una película mala en la televisión tal vez… Pero el teléfono sigue mudo y cada vez que lo consulta, son las 20:00. Decide emprender la vuelta a casa y, en su camino, tiene la sensación de que es de madrugada pues las calles están prácticamente desiertas. A unos metros de su casa divisa a un grupo de jóvenes vestidos de fiesta que caminan torpemente en su dirección. Están hablando en español, deben de ser turistas. Chantelle recupera de improviso la esperanza, detiene a una de las chicas que se tambalea ligeramente sobre sus tacones y le formula la temida pregunta.

–          ¿Qué hora es?

–          Las ocho – dice ésta sin apartar la vista de su teléfono. Chantelle siente que va a desmayarse allí mismo. Los chicos la contemplan serios, uno de ellos incluso habla de llamar a una ambulancia. Pero Chantelle le dice que no, le da las gracias y se da media vuelta deseosa de llegar cuanto antes a su apartamento.

Una vez allí, se dirige hacia la cocina dispuesta a calmar su ansiedad con un buen trozo de pastel. Quita el trapo que lo cubre, lo deja a un lado y sin sacar el cuchillo, hinca los dedos en el bollo para arrancar un trozo. ¡Está ardiendo! ¡Como recién salido del horno! Chantelle se chupa los dedos para calmar su dolor mientras las lágrimas contenidas ruedan por sus mejillas hasta parar en los labios, entremezclándose su sabor salado con el dulce del pastel. “Siguen siendo las ocho…” se recuerda apesadumbrada. Entonces se decide a llamar a Pierre para escuchar una voz que le reconforte pero el teléfono está desconectado y Pierre sólo desconecta el teléfono cuando está reunido con un cliente.

Chantelle siente un vacío inmenso, difícil de explicar. Es como si el tiempo sólo se hubiera detenido para ella, como si viviera en una extraña dimensión atrapada en una hora que no le corresponde, que hacía horas que debería haber pasado…Chantelle se sienta ahora en la mesa de la cocina, al lado del reloj que dejó puesto bocabajo. Se sirve una copa de vino y contempla por la ventana la Torre Eiffel iluminada, preguntándose si habrá un mañana.

Diana Fe Balint Rivas ©

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